Continuamos con el ciclo básico sobre el carisma palautiano. Esta vez, nos dejamos llevar a la reflexión sobre el estilo de vida que experimentamos y el que deseamos vivir. Recordando en familia, como otros “20 del mes”, la figura del beato Francisco Palau, queremos hacer llegar su carisma a los que aún no habían oído de él. Esta reflexión cuestionará tal vez tu manera acostumbrada de comprender el ser misionero y lo que significa una vida entregada. Así que: a compartirlo con tus amigos.

CARISMA PALAUTIANO 1.0

Por esencia vocacional, las carmelitas misioneras teresianas somos misioneras. Pero, en la práctica de la vida diaria, muchas veces nuestra vida misionera se traduce en «trabajolismo». Pasamos la mayor parte de nuestra vida en diferentes apostolados, dándolo todo, incluso nuestra propia salud y vocación. Nos olvidamos de la oración, de la vida comunitaria, de la formación, de la lectura espiritual, del sueño, porque necesitamos cumplir con todas las obligaciones que nos impone nuestro apostolado. La cosa se agrava cuando utilizamos nuestro apostolado como excusa para escapar de la vida comunitaria que no nos satisface, de la vida de oración que resulta ardua, de la formación comunitaria que nos exige apertura al tratar algunos temas que tocan lo más profundo de nuestro corazón.

¿Tiene que ser así? ¿Estamos inevitablemente destinadas a vivir una vida llena de obras que nos acaban robando nuestra intimidad y nuestro ser? O tal vez podemos determinarnos a hacer opciones en nuestras vidas que nos ayuden a salvarnos y a dar nuevas esperanzas a las generaciones venideras.

Estando en Filipinas, llegué a tal punto que me estaba volviendo loca tratando de conciliar todos los oficios que tenía. Estaba perdida, sin saber por dónde empezar, dudando de si había algún sentido en esta locura. Animadora de comunidad, ecónoma de comunidad, directora de un centro con 16 jóvenes (residencia, polivalente, centro de formación), ecónoma de un centro, administradora de escuela parroquial, voluntaria en la misión general, coordinadora de los catequistas, organista en la parroquia, coordinadora de formación permanente en Delegación… más cosas, no recuerdo. Y aparte de eso, tratar de encontrar tiempo para las hermanas, para la formación, para la oración, para la lectura espiritual… Llegué al punto de querer gritar: «¡No más! ¡Ya está bien! ¡No puedo vivir así!»

Fue providencial para mí, en ese momento, encontrarme con algunas profes, licenciadas, que trabajaban desde hacía tiempo en escuelas públicas (mejor pagadas que en la escuela privada, sin duda). Aquellos profesores estaban dispuestos a renunciar a su puesto y venir a trabajar a una escuela privada, con la única razón de no querer seguir con una vida llena de estrés y negocios. Esa fue para mí la primera señal, la primera llamada de atención, de que la vida tiene mucho más que ofrecer. Aquellas chicas eran todavía jóvenes. Y yo me preguntaba: «¿Cómo podría invitarlas a entrar en la vida religiosa sabiendo que, si entran, simplemente volverán a una vida de trabajo constante, de estrés, de múltiples responsabilidades, que es exactamente lo que quieren dejar atrás? ¿Cómo hacer de la vida religiosa una alternativa real de un estilo de vida diferente al que ofrece el mundo? ¿Cómo es que las congregaciones con más vocaciones nuevas son las contemplativas que ofrecen una aventura hacia el interior más que hacia el exterior? ¿No es cierto que hemos perdido algo?

Entonces, durante unos ejercicios espirituales, la Palabra de Dios vino a mí en forma de parábola con un nuevo significado. Una parábola que daba otro sentido al sinsentido de una vida de apostolados. Eso es lo que me gustaría compartir con vosotros, por si os puede dar algo de luz y ánimo para hacer opciones concretas en vuestra vida. De esta manera, espero, nuestra vida puede ser más atractiva dando oportunidades no sólo de una satisfacción en el campo del trabajo, sino también oportunidad de una vida realmente profunda y equilibrada, que muchas veces no podemos experimentar si vivimos como cualquiera.

1. Una parábola con un significado nuevo (Mc 5, 1-20)

Es una historia muy conocida. Jesús y sus discípulos llegan a la región de Gerasa y Jesús expulsa a al demonio de un hombre que vive en el cementerio, y los demonios entran en un grupo de cerdos, los cerdos saltan al lago, y la gente del pueblo echa a Jesús para que no estropee más cosas en sus vidas. Conocemos esta historia. Pero, ¿qué tiene que ver con el tema de la misión?

“Pasaron a la otra orilla del lago, al territorio de los gerasenos.”  Mc 5,1

Ocurre después de Jesús calmar la tormenta en el mar. Jesús es el Señor, incluso la naturaleza le obedece. Tiene un poder que nadie más posee por sí mismo. ¿Cuál es la lección para nosotros? Que es inútil tratar de resolver todos los problemas por nosotros mismos, porque no tenemos el poder que sólo viene de Dios. No somos salvadores del mundo. Nosotros no; Él sí lo es.

“Al desembarcar, le salió al encuentro desde un cementerio un hombre poseído por un espíritu inmundo. Habitaba en los sepulcros. Nadie podía sujetarlo, ni con cadenas; en muchas ocasiones lo habían sujetado con cadenas y grillos y él los había roto. Y nadie podía con él. Se pasaba las noches y los días en los sepulcros o por los montes, dando gritos e hiriéndose con piedras.” Mc 5, 2-5

¿No es cierto que a veces nuestros apostolados, nuestra actitud misionera, se parecen mucho más a las tumbas? No me refiero a nuestros métodos, a veces antiguos, y a que cada vez hay menos gente participando en actividades de la Iglesia. Lo que quiero decir es que muchas veces lo que falta es un verdadero ENCUENTRO. No tenemos tiempo para encontrarnos con la gente, porque estamos demasiado ocupados en ayudarles. Estamos tan concentrados en resolver sus problemas, que no nos queda tiempo para contemplarlos, para verlos en su verdad. Incluso cuando intentan «encadenarnos», es decir, obligarnos a parar, contemplar, comprometernos desde dentro… nos inventamos formas de escapar. No nos comprometemos con las personas, sólo las ayudamos. Porque es más fácil ayudar a muchos que comprometer nuestra vida con pocos. Porque el compromiso significa responsabilidad, y nos hace enfrentarnos a un misterio sin respuestas ya hechas. Porque nos hace descubrir nuestros miedos e inseguridades. Y cuando esos miedos e inseguridades afloran, salen a la superficie, nos sentimos en peligro. Es entonces cuando gritamos, tiramos piedras, nos hacemos daño (cuántas acciones dañinas vienen de querer disminuir el estrés: comida, internet, más trabajo…)

Misión significa COMPROMISO. Lo importante no son los números, sino las personas concretas y cómo en ese encuentro vital fueron tocadas y transformadas. Incluyendo nuestra propia vida.

“Al ver de lejos a Jesús, se puso a correr, se postró ante él…» Mc 5,6

Tenemos que acercarnos a Jesús y simplemente caer de rodillas ante él. Pero, ¿cuántas veces tratamos nuestro apostolado como una forma de escapar de nuestra vida espiritual y de la oración? Cuando discernimos nuestro nuevo compromiso misionero, ¿nos preguntamos de qué manera afectará a nuestra vida espiritual, comunitaria, y a los compromisos misioneros que ya he adquirido? ¿Cómo afectará a mi relación con la Iglesia? Porque toda curación y verdadera ayuda proviene de esta relación, no hay otro camino, si queremos ayudar a una persona de forma integral…

“… y, dando un grito estentóreo, dijo: —¿Qué tienes contra mí, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? ¡Por Dios te conjuro que no me atormentes! –Pues le decía: ¡Espíritu inmundo, sal de este hombre!–.» Mc 5,7-8

Nuestras obligaciones, obras, apostolados, compromisos… ¿tienen algo en común con Jesús? ¿O tal vez buscamos otras cosas? Una satisfacción fácil, sostenibilidad para la comunidad, relaciones agradables y pasar un tiempo ameno juntos… La misión, en primer lugar, tiene que tener algo en común con Jesús, no con nosotros mismos. Pero a veces buscamos apostolados en los que nos sintamos bien, en los que podamos lucirnos con nuestros talentos y en los que, al final, no nos compliquemos demasiado la vida. La misión significa complicación, no una vida fácil.

“Jesús le preguntó: —¿Cómo te llamas? Contestó: —Me llamo Legión, porque somos muchos. Y le suplicaba con insistencia que no los echase de la región.” Mc 5,9-10

Legión: es el nombre de muchos de nosotros. Hermana directora – tesorera – administradora – coordinadora – líder – animadora – encargada – formadora – responsable etc. Vivimos en un mundo multitarea, pero ¿es realmente bueno para nosotros? A veces nos ponemos diferentes máscaras, nos escondemos detrás de nuestros cargos, oficinas, títulos. Como resultado, nos perdemos a nosotros mismos. Y lo curioso es que nos sentimos bien con ello, nos sentimos seguros y aplaudidos por nuestros superiores y por todos los demás. Hasta tal punto que tenemos miedo de perder, aunque sea una pequeña parte.

“Había allí una gran piara de cerdos hozando en la ladera del monte. Le suplicaron: —Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos. Y él los permitió. Entonces los espíritus inmundos salieron y se metieron en los cerdos. La piara se precipitó al lago por el acantilado y unos dos mil cerdos se ahogaron en el agua.” Mc 5,11-13

¿Dónde acabarán nuestros apostolados multitarea sin compromiso? Sí. Entre los cerdos que se precipitan y se ahogan. El trabajolismo no tiene futuro. Para ser productivo basta con hacer una sola cosa buena, no diez a medio gas. El mundo nos convenció de que hay que hacerlo todo, porque, claro, tenemos intenciones de cambiar el mundo, así que cuanto más se hace, más se consigue. Pero el mundo no nos advirtió de un precio que tendremos que pagar: una vida rota. Jesús vino a ofrecernos una vida de plenitud, no sólo una profesión. No nos conformemos con menos.

“Los pastores huyeron, y lo contaron en la ciudad y en los campos; y la gente vino a ver lo que había sucedido. Se acercaron a Jesús y al ver al endemoniado, sentado, vestido y en sus cabales, al mismo que había tenido dentro la legión, se asustaron. Los testigos les explicaban lo que había pasado con el endemoniado y los cerdos. Y empezaron a suplicarle que se marchara de su territorio. Mc 5,14-17

Prepárate. Esta puede ser la reacción de la gente cuando empieces a dejar tus cargos, oficinas y títulos. Todo el mundo clamará al cielo por perderte. ¿Y qué hay de ti? ¿Cuál será tu reacción?

Sentarte. No más correr de un lugar a otro, de una reunión a otra, sin fijarte en las personas que están a tu lado.

Vestida. Porque ya te has enfrentado a tu principal miedo: el miedo a ser inútil. Ya no necesitas estar siempre ocupado para huir y esconderte de tu miedo.

En tu sano juicio. Al final, es posible hablarte como persona, no sólo con uno de tus títulos.

“Cuando se embarcaba, el que había estado endemoniado le pidió que le permitiese acompañarlo. Pero no se lo permitió, sino que le dijo: —Ve a tu casa y a los tuyos y cuéntales todo lo que el Señor, por su misericordia, ha hecho contigo. Se fue y se puso a proclamar por la Decápolis lo que Jesús había hecho con él, y todos se maravillaban.» Mc 5, 18-20

La historia aún no ha terminado. Cuando dejes todos los apostolados que no te llevaban a ninguna parte, verás en ti dos tendencias. La primera, que te gustaría quedarte solo con Jesús (de un extremo a otro), porque la vida de ermitaño te parecerá muy atractiva. La segunda, después de un momento de descanso, volverás a pensar en lanzarte a la actividad, a una nueva corriente de locura, porque no estarás acostumbrado a estar solo, a pasar tiempo con tu gente, con tus hermanas de comunidad, compartiendo con ellos algo más que el trabajo, abriéndote a ellos, sentándote a leer un buen libro, escuchando a la gente y encontrándote de verdad con ella.

Necesitamos redescubrir el valor de la comunidad como un lugar al que volvemos después de la misión y compartimos nuestra EXPERIENCIA. El poseso volvió con sus vecinos. ¿Y tú? Muchas veces en comunidad compartimos eventos, noticias, pero casi nunca compartimos cómo experimentamos la Iglesia, porque quizás en realidad no la experimentamos porque nunca nos encontramos con personas que son su imagen…

La misión no puede reducirse a las 3T (tiempo-talento-tesoro). La misión requiere un compromiso con todo nuestro ser. Cuando hacemos la profesión religiosa, ofrecemos a la Iglesia no sólo nuestro tiempo, talentos y tesoros. Nos entregamos por completo. Es difícil creer que uno pueda entregarse por completo en 10 apostolados diferentes. Un apostolado en el que pueda entregarme por completo a mis hermanos y hermanas, ¿no es suficiente para amar a la Iglesia? Para «perder la vida por el Evangelio» no necesito diez caminos diferentes, sino un solo compromiso bien hecho. Porque muchas veces en «muchos» buscamos más a nosotros mismos que servir a la Iglesia.

2. Una persona que da otro sentido a la vida misionera.

María. La de Betania. Hermana de Marta y Lázaro. Amiga de Jesús.

María aparece en el Evangelio tres veces. Primero, la vemos en su casa cuando Jesús pasa por Betania con sus discípulos (Lc 10, 38-42). Más tarde la encontramos cubierta de profundo dolor por la muerte de su hermano, que finalmente es resucitado por Jesús (J 11,1-44). No mucho después la encontramos de nuevo lavando los pies de Jesús en la última vez que se encontraría con él vivo (J 12,1-8).

Sólo puedo imaginar cómo se conocieron. Quizá fue la primera vez que Jesús llegó a Betania, todavía al principio de su ministerio público. Tal vez los que le oyeron predicar, se acercaron a la casa de Marta preguntando si Jesús con sus discípulos podía alojarse allí. Marta, por supuesto, nunca dice que no. Empezó a preparar las cosas con entusiasmo, a limpiar el dormitorio, a cocinar la cena. Tal vez Lázaro se quedó más tiempo en el mercado con el resto de los hombres del pueblo discutiendo las palabras de un nuevo rabino. María permaneció a los pies de Jesús escuchando. Parece ser su lugar preferido, ya que en los tres textos bíblicos que hemos mencionado la encontramos allí: a los pies del Maestro. Y mientras Marta quiere sacarla de allí y hacerla ayudar en las labores de la casa (como debe hacer cualquier mujer), el mismo Jesús le enseña a Marta que SÓLO ES NECESARIA UNA COSA. Que María ha elegido una buena parte que no le será arrebatada.

La muerte de Lázaro fue muy dolorosa para las dos hermanas. Marta lo llevaba como siempre: ocupándose de todo. Incluso cuando llega Jesús, es ella la primera que corre a su encuentro, queriendo siempre acomodarlo bien y haciéndolo sentir bien en su casa. María es una persona de profundos sentimientos; simplemente pone delante de Jesús todo su dolor. Y cuando ve a Jesús cansado y cargado por lo que se le avecinaba en Jerusalén, no duda en ungir sus pies con lo más valioso que poseía, guardado para el día de su boda, porque el verdadero Amor de su corazón se sentía triste y solo.

Según la Tradición, se identifica a María como un modelo de contemplación. Pero está lejos de ser sólo eso. Es una mujer de acción. Sentada a los pies de Jesús no está «sin hacer nada»: está escuchando, encontrando realmente a Jesús, encontrándose con Jesús. El encuentro es una acción misionera por excelencia para nosotras, CMT. ¿De qué sirve el afán de servir, de ayudar, si no nos encontramos con las personas, si no las escuchamos? El encuentro lleva a María a una relación de intimidad con Jesús, por eso no teme poner delante de él todo su dolor causado por la muerte de su hermano. Mientras Marta finge mantenerse fuerte, firme en su fe, María muestra toda su fragilidad y vulnerabilidad, y así afecta a Jesús. Mientras Marta sirve la mesa en la cena solemne preparada para Jesús, es María quien realiza la acción más importante de un discípulo: lavar los pies de una persona que sufre, que está deprimida y con el corazón roto. La misma acción que el propio Jesús repetirá durante la Última Cena para enseñar a sus discípulos a amar y servir.

María de Betania nos enseña en qué consiste la verdadera misión. No se trata de hacer muchas cosas, como diría Santa Teresa de Ávila, sino de amar mucho. Se trata de un verdadero encuentro con las personas, de establecer relaciones mutuas de intimidad que no tengan miedo de ser frágiles y vulnerables. Al final se trata de servir lavando los pies de los necesitados porque siempre estarán entre nosotros.

Soy consciente de que esta reflexión tiene un claro sabor a mis luchas y dudas personales, a mi propia búsqueda de la plenitud de vida como hermana CMT. Expresa mi amor por mi vocación y mi congregación. Creo firmemente que tenemos mucho que ofrecer al mundo. Pero también creo que, en este momento, los signos de los tiempos nos llaman a hacer opciones sabias en nuestras vidas. Significa hacer una opción de no seguir la lógica del mundo, sino la lógica del Evangelio reducida al amor cercano, liberador, expresado en encuentros íntimos con personas concretas. Sólo así podremos ser una alternativa atractiva para todos los que buscan la vida.

Hna. Helena, CMT