Tal vez hace tiempo que no te detienes a revisar la calidad de tus relaciones: contigo, con Dios, con los hermanos. Esta reflexión te ayudará a tomar conciencia de tus amistades y, ojalá, a mejorar tu vida personal, fraterna… tu estar en la sociedad. Y es una oportunidad, el hacerlo de la mano del beato Francisco Palau. Te invito. Dedica un rato para ti. Lee la reflexión, descarga la carta y profundiza. ¡Buena jornada!

DEL EPISTOLARIO DE NUESTRO PADRE FUNDADOR

La Carta que Palau escribe a Ramón Brunet el 19 de noviembre de 1860 es la primera carta que sale de su mano después de su experiencia en Ciudadela. Son unos pocos días después de que la Iglesia se le revelara como su Hija que piedía su bendición y entrega total, y le prometía su cuidado y amor.

Palau quiere compartir esa experiencia primero con Ramón a quien considera su amigo y compañero en los momentos difíciles del pasado. Eso nos da una pista sobre la importancia que la amistad tenía para Palau. En la vida de Palau hubó personas que compartían con él su destino en los buenos tiempos y en los malos. Tuvo la suerte de experimentar esa “comunión de almas” que trae el tener a alguien que ve la vida de una manera similar.

Me gustaría invitarte a que dediques un día, quizás por la mañana, a detenerte y pensar en tus amigos. ¿En quién confías? ¿Con quién compartes las cosas más íntimas de tu vida? ¿Quién participa de todas tus dificultades, tus deseos y sueños? ¿Con quién puedes ser simplemente tú? ¿Quién entiende sin palabras lo que tratas de decir?

Para cada una de nosotras, tener amigos es fundamental. Incluso Jesús los necesitó en su vida, confío en ellos, les confió su misión, sus sentimientos y experiencias. En la Última Cena, dijo: “ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos porque os he dado a conocer lo que he oído de mi Padre” (Jn 15,5). Es exactamente lo mismo que expresa Francisco Palau en esa carta: le dice a Gabriel que no es sólo su discípulo, compañero, hermano en religión con quien uno puede guardar secretos, sin explicarle todo. Lo llama amigo porque ahora comparte con él lo que recibió de Dios.

Trae a la memoria este momento cuando – a un compañero, a una hermana – empezaste a tratar como amiga, cuando te abriste a ella o a él con lo más íntimo de tu experiencia de vida. Agradece a Dios este don de amistad, no todo el mundo lo puede experimentar de verdad y en toda su profundidad. Agradece también a esta persona, porque estuvo allí para ti sin decepcionarte.

En la Carta que estamos considerando hoy, Palau habla de lo que podíamos llamar su “conversión misionera”. Dice que “va a cambiar el modo de hacer”. Lo primero en su vida, de ahora en adelante, va a ser la vida apostólica. No es que no hubiera hecho apostolado ya antes. Sabemos lo entregado que fue a la predicación desde los primeros años de su vida como sacerdote, pero su vocación hasta aquel momento consistía en la contemplación intercalada por la predicación. Ahora reconoce que todos esos años, buscando el objeto de su amor, en realidad estaba buscando su misión. La misión de predicar pasa a ser lo primero y lo más importante, algo que configurará todos los demás aspectos de su vida. Porque, aunque la predicación es lo fundamental, “no está todo en predicar”, en hacer cosas. También importa, y mucho, el cómo vivimos: porque “nuestra vida predicará”. Y esa vida tiene que ser pobre, desprendida y penitente.

  • Pobreza: viene como consequencia de la vida apostólica; es ajustarse a las exigencias del apostolado, de una vida itinerante que depende de las circumstacias externas.
  • Desprendimiento: es también consecuencia de optar por vida apostólica: la misión le impedirá en adelante ocuparse de los asuntos materiales suyos y de otras personas que hasta aquel momento dependían de él.
  • Penitencia: la practica tanto en los momentos de misionar, como en los momentos de soledad en la montaña. Además, parte de ello es la fundación de los hermanos.

El Papa Francisco habla mucho sobre la “conversión misionera”. En su mensaje para el Domingo del Domund del 2019 nos decía: “Una Iglesia en salida hasta los últimos confines exige una conversión misionera constante y permanente. Cuántos santos, cuántas mujeres y hombres de fe nos dan testimonio, nos muestran que es posible y realizable esta apertura ilimitada, esta salida misericordiosa, como impulso urgente del amor y como fruto de su intrínseca lógica de don, de sacrificio y de gratuidad (cf. 2 Cor 5,14-21). Porque ha de ser hombre de Dios quien a Dios tiene que predicar. Es un mandato que nos toca de cerca: yo soy siempre una misión; tú eres siempre una misión; todo bautizado y bautizada es una misión. Quien ama se pone en movimiento, sale de sí mismo, es atraído y atrae, se da al otro y teje relaciones que generan vida. Para el amor de Dios nadie es inútil e insignificante. Cada uno de nosotros es una misión en el mundo, porque es fruto del amor de Dios”.

También en los últimos documentos de nuestra congregación se expresa esta conciencia de “ser misión”: que toda la vida vaya configurada por la urgencia de llevar al cabo la misión de Jesús de la fraternidad universal. Palau nos ha contado su experiencia. Es curioso notar que él no impone esta experiencia a los hermanos, no les dice que en adelante todos tendrán que predicar y de vivir la vida de la misma manera en la que él la vive, aunque sabe también que su opción traerá consecuencias en la vida de los suyos. Al ecompartir su experiencia, Palau invita a que Gabriel haga también la suya. Nos invita a nosotras a abrirnos a esta “conversión misionera”.

La vida apostólica es lo fundamental; para Palau, su expresión en la vida individual debería ser la predicación. ¿Y en la tuya? ¿Qué en la vida apostólica es fundamental para ti? ¿Qué consecuencias conlleva para ti y para los que viven y, de alguna manera, dependen de ti? Tenemos que ser conscientes que nuestras opciones personales traerán enriquecimiento para nuestras comunidades, pero también pueden provocar dificultades. Está bien que nos paremos a pensar en ello.

Aprovecha el día para conocer tu misión. No sólo la misión del lugar de tu destino, sino tu misión única y personal que Dios te quiere regalar. Piensa en tu opción concreta por la vida apostólica y sus consecuencias. ¿Es cierto que tu vida predica lo que persigue tu apostolado?

Y al final del día quiero invitarte a escribir una carta a tu amigo o amiga contándole tu experiencia fundamental de descubrir tu misión. No te preocupes si tu “conversión misionera” aún no ha llegado. A Palau le costó 14 años de pedir con lágrimas y clamor, no te extrañe si aún te tocará esperar. Escribe cuáles son tus actuales opciones apostólicas y qué consecuencias traen para ti y para los tuyos.

Que tengas un buen día lleno de frutos de conversión del corazón.

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